Sonntag, 21. August 2016

Die Analphabetin, die rechnen konnte


Me encanta ese libro. La manera de escribir es tan genial y muchísimas veces me he partido de risa.Por eso quiero hacer mi última entrada en ese blog sobre ese libro.  

La versión alemana

Um die Zeit totzuschlagen, während sie ihre Lasten schleppte, hatte sie schon als Fünfjährige angefangen, die Tonnen zu zählen:
»Eins, zwei, drei, vier, fünf …«
Je älter sie wurde, desto schwieriger gestaltete sie ihre Übungen, damit es auch eine Herausforderung blieb:
»Fünfzehn Tonnen mal drei Touren mal sieben Träger plus einer, der rumsitzt und nichts tut, weil er zu besoffen ist … das macht … dreihundertfünfzehn.«
Nombekos Mutter hatte außerhalb des Dunstkreises ihrer Lösungsmittelflasche nicht mehr viel wahrgenommen, aber sie merkte doch, dass ihre Tochter addieren und subtrahieren konnte. Deswegen begann sie während ihres letzten Lebensjahres, sie jedes Mal zu rufen, wenn eine Lieferung Tabletten in verschiedenen Farben und Wirkstoffgraden zwischen den Hütten aufgeteilt werden musste. Eine Flasche Lösungsmittel ist eine Flasche Lösungsmittel, aber wenn Tabletten mit fünfzig, hundert, zweihundertfünfzig und fünfhundert Milligramm je nach Wunsch und Finanzkraft verteilt werden sollen – da muss man die Grundrechenarten schon ein bisschen auseinanderhalten können. Und das konnte die Zehnjährige. Und wie!
Zum Beispiel kam es vor, dass sie in der Nähe ihres Chefs war, wenn er mit seinem monatlichen Gewichts- und Mengenbericht kämpfte.
»Also fünfundneunzig mal zweiundneunzig«, murmelte er. »Wo ist der Taschenrechner?«
»Achttausendsiebenhundertvierzig«, sagte Nombeko.
»Hilf mir lieber suchen, meine Kleine.«
»Achttausendsiebenhundertvierzig«, beharrte Nombeko.
»Was redest du da?«
»Fünfundneunzig mal zweiundneunzig sind achttausendsiebenhundert …«
»Und woher willst du das wissen?«
»Tja, ich denk mir das so: fünfundneunzig sind fünf weniger als hundert, und zweiundneunzig acht weniger als hundert, und wenn man das jetzt umdreht und die Differenz jeweils von der anderen Zahl abzieht, kommt man beide Male auf siebenundachtzig. Und fünf mal acht ist vierzig. Siebenundachtzig vierzig. Achttausendsiebenhundertvierzig.«
»Warum denkst du so?«, fragte ihr verblüffter Chef.
»Weiß ich nicht«, erwiderte Nombeko. »Können wir jetzt mit unserer Arbeit weitermachen?«
An diesem Tag wurde sie zur Assistentin des Chefs befördert.
Doch die Analphabetin, die rechnen konnte, war zunehmend frustriert, weil sie nicht verstand, was die Machthaber in Johannesburg in den ganzen Dekreten schrieben, die auf dem Schreibtisch ihres Chefs landeten. Und der hatte selbst Schwierigkeiten genug mit den Buchstaben. Er buchstabierte sich durch die auf Afrikaans abgefassten Texte und blätterte parallel in einem Englischlexikon, um sich dieses Kauderwelsch wenigstens in eine Sprache zu übersetzen, die ein Mensch verstehen konnte.
»Was wollen sie denn diesmal?«, fragte Nombeko ihn manchmal.
»Dass wir die Säcke besser füllen«, antwortete ihr Chef. »Glaub ich jedenfalls. Oder dass sie vorhaben, die Waschhäuser zu schließen. Das ist ein bisschen unklar.«
Der Chef seufzte. Und seine Assistentin konnte ihm nicht helfen. Deswegen seufzte sie auch.
Doch dann geschah es zufällig, dass die dreizehnjährige Nombeko in der Umkleide der Latrinenleerer von einem schmierigen alten Mann begrapscht wurde. Der alte Schmierlappen kam allerdings nicht weit, denn das Mädchen brachte ihn flugs auf andere Gedanken, indem sie ihm eine Schere in den Oberschenkel rammte.
Am nächsten Tag suchte sie den alten Mann auf der anderen Seite der Latrinenreihe von Sektor B auf. Er saß mit einem Verband am Oberschenkel auf einem Campingstuhl vor seiner grün gestrichenen Hütte. Auf dem Schoß hatte er … Bücher?
»Was willst du hier?«, fragte er.
»Ich glaube, ich hab gestern meine Schere in Onkel Thabos Oberschenkel vergessen, und die hätte ich gern zurück.«
»Die hab ich weggeworfen«, behauptete der alte Mann.
»Dann schuldest du mir eine Schere«, sagte das Mädchen. »Wie kommt es eigentlich, dass du lesen kannst?«
Der alte Schmierlappen Thabo war halb zahnlos. Sein Oberschenkel tat ihm mächtig weh, und er verspürte wenig Lust, mit diesem bösartigen Mädchen Konversation zu betreiben. Andererseits war es das erste Mal, seit er nach Soweto gekommen war, dass sich jemand für seine Bücher zu interessieren schien. Seine ganze Hütte war voll mit Büchern, weswegen ihn seine Umgebung den Verrückten Thabo nannte. Doch das Mädchen hier hörte sich eher neidisch als höhnisch an. Vielleicht konnte er sich das ja zunutze machen?
»Wenn du ein bisschen entgegenkommend wärst und nicht so über die Maßen gewalttätig, könnte es sein, dass Onkel Thabo dir dafür seine Geschichte erzählt. Er würde dir vielleicht sogar beibringen, wie man Buchstaben und ganze Wörter entziffert. Wenn du eben, wie gesagt, ein bisschen entgegenkommend wärst.«
Nombeko hatte mitnichten vor, entgegenkommender zu dem alten Schmierlappen zu sein, als sie es tags zuvor in der Dusche gewesen war. Daher antwortete sie, dass sie glücklicherweise noch eine Schere besaß, die sie aber lieber behalten würde, als sie in Onkel Thabos anderem Oberschenkel zu versenken. Doch wenn der liebe Onkel sich gut benahm – und ihr das Lesen beibrachte –, konnte Oberschenkel Nummer zwei unversehrt bleiben.
Thabo konnte nicht so recht folgen. Hatte das Mädchen ihm gerade gedroht?

Mi traducción


Para matar el tiempo, arrastrando sus cargas, ya a los cinco años Nombeko había empezado a contar las toneladas:
Uno, dos, tres, cuatro, cinco …
Cuanto más años tenía, más difícil elaborados eran sus ejercicios para que quedara un desafío:
15 toneladas por tres vueltas por siete cargadores más uno que está allí sentado y no hace nada porque está demasiado borracho … eso hace … trescientos quince.
La madre de Nombeko no había notado mucho fuera de su círculo de vapor de sus botellas de disolvente, pero sí se dio cuenta de que su hija podía sumar y restar. Por eso, durante su último año de vida, empezó a llamarla cuando una entrega de pastillas de diferentes colores y grados de substancias activas tenía que ser distribuida por las diferentes cabañas. Una botella de disolvente era una botella de disolvente, pero cuando había que distribuir pastillas de cincuenta, cien, doscientos cincuenta y quinientos miligramos según el deseo y potencial financiero … entonces había que poder distinguir entre las diferentes reglas aritméticas. Y eso la niña de diez años podía hacer. Y tanto!
Por ejemplo ocurrió que estuvo presente cuando su jefe tenía problemas con su informe mensual del peso y cantidades.
Vale, pues noventa y cinco por noventa y dos– murmuraba.– ¿Dónde está la calculadora?
Ocho mil setecientos cuarenta– dijo Nombeko.
Es mejor que me ayudes a buscar, pequeña.
Ocho mil setecientos cuarenta– insistió Nombeko.
¿Qué dices?
Noventa y cinco por noventa y dos dan ocho mil setecientos …
¿Cómo quieres saber eso?
Pues, pienso así: noventa y cinco son cinco menos que cien, y noventa y dos son ocho menos que cien, y si ahora das la vuelta y restas la diferencia de cada número, en ambas veces te da ochenta y siete. Y cinco por ochenta son cuarenta. Ochenta y siete, cuarenta. Ocho mil setecientos cuarenta.
¿Por qué piensas así?– le preguntó su jefe sorprendido.
No lo sé– respondió Nombeko.– Ahora podemos continuar con nuestro trabajo?
Este dia ascendió a asistenta del jefe.
Sin embargo, la analfabeta que sabía contar estaba cada vez más frustrada porque no entendía lo que los dirigentes en Johannesburgo escribían en los decretos que llegaban al escritorio de su jefe. Ese deletreaba los textos escritos en afrikaans y mientras hojeaba un diccionario de inglés para poder traducir ese galimatías a un idioma que se podía entender.
¿Qué quieren esta vez?– preguntaba Nombeko a veces.
Que llenemos mejor los sacos– respondió su jefe– por lo menos eso creo. O que quieren cerrar los lavabos. Es un poco impreciso.
El jefe suspiró. Y su asistenta no le podía ayudar. Y por eso suspiró también.

Entonces pasó por casualidad que Nombeko que tenía 13 años fue manoseada en el vestuario de los vaciadores de las letrinas por un hombre viejo y obsceno. Ese Viejo obsceno, sin embargo, no llegó lejos porque la niña le distrayó clavándole unas tijeras al muslo.
El día siguiente ella fue a ver al Viejo en el otro lado de la fila de letrinas del sector B. Estaba sentado con un vendaje en el muslo en una silla de camping delante de su cabaña pintada de verde. En su regazo tenía … ¿libros?
¿Qué quieres?– preguntó él.
Creo que ayer dejé mis tijeras en el muslo del tío Thabos, y quiero volver a tenerlas.
Las tiré – dijo el Viejo.
Entonces me debes unas tijeras– dijo la niña.– ¿Cómo puede ser que sabes leer?

El Viejo obsceno Thabo casi no tenía dientes. Su muslo le dolía mucho y no tenía muchas ganas de conversar con esa niña maliciosa. En el otro lado fue la primera vez, desde que llegó a Soweto, que alguien se interesaba por sus libros. Su cabaña entera estaba llena de libros, por lo cual su entorno le llamaba el loco Thabo. Sin embargo, esa niña sonaba más celosa que burlona. ¿A lo mejor le podía servir de algo?
Si fueras un poco más complaciente y no tan increíblemente violenta, podría ser que el tío Thabo te contaría algunas de sus historias. A lo mejor te ayudaría hasta a poder descifrar algunas letras o palabras enteras. Si, como ya he dicho, fueras un poco más complaciente …
Nombeko no tenía la intención de ser más complaciente al Viejo obsceno que el día anterior en la ducha. Por eso dijo que por suerte tenía otras tijeras y que le gustaría más quedárselas que hundirlas en el otro muslo del tío Thabo. Pero si el amable tío Thabo se comportaba bien, y le enseñaba a leer, el muslo número dos podría quedar intacto.
Thabo no le podía seguir muy bien. ¿Es posible que la niña le haya amenazado?


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