El médico (parte II)
La versión alemana
(como no tengo los textos en línea o como pdf, tengo que copiarlos. El tiempo que he invertido he añadido al tiempo que he tardado en traducir.)
Aus Anatolie traf eine große Karawane ein, und ein junger Treiber kam mit einem Korb getrockneter Feigen für den Juden namens Jesse in den maristan. Der Treiber hieß Sadi, war der älteste Sohn von Debbid Hafiz, des kelonters von Schiras, und die Feigen waren ein Geschenk, das die Liebe und Dankbarkeit seines Vaters für die Kämpfer gegen die Pest bekunden sollte.
Sadi und Rob saßen beisammen, tranken Tee und aßen die köstlichen Feigen, die groß, fleischig und voller Zuckerkristalle waren. Nun wollte Sadi die Kamele wieder nach dem Osten treiben, nach Schiras, und der Heiler-Dhimmi ersuchte ihn, für seinen ehrwürdigen Vater Debbid Hafiz als Geschenk Isfahan-Weine mitzunehmen.
Die Karawanen stellten die einzige Quelle für Nachrichten aus entfernten Gegenden dar, und Rob befragte den Jungen eingehend. Es hatte keine weiteren Anzeichen einer Seuche mehr gegeben. Einmal waren Seldschuken im gebirgigen Ortsteil von Medien gesehen worden, aber es war nur ein kleiner Trupp gewesen, und sie griffen die Karawane - Allah sei Dank! - nicht an. Hamadhan war seuchenfrei, aber ein christlicher Ausländer hatte ein europäisches Fieber eingeschleppt, worauf die mullahs der Bevölkerung jeglichen Kontakt mit den ungläubigen Teufeln untersagten.
"Wie sehen die Anzeichen für diese Krankheit aus?"
Sadi Ibn Debbid zögerte. Er wusste nur, dass sich niemand außer der Tochter des Christen in seine Nähe wagte.
"Der Christ hat eine Tochter?"
Sadi konnte weder den kranken Mann noch seine Tochter beschreiben, meinte aber, dass der Kamelhändler Boudi, der zur Karawane gehörte, beide gesehen habe.
Sie suchten gemeinsam den Kamelhändler auf, einen verschrumpelten Mann mit schlauen Augen, der Betelnüsse kaute, so dass seine Zähne geschwärzt waren und er roten Speichel spuckte.
Er erinnere sich kaum an die Christen, bedauerte Boudi, als ihm aber Rob eine Münze in die Hand drückte, half diese seinem Gedächtnis auf die Sprünge, und ihm fiel ein, dass er die beiden je fünf Tagesreisen weit nach Westen und einen halben Marschtag jenseits des Ortes Datur gesehen habe. Der Vater sei mittleren Alters, habe lange, graue Haare und keinen Bart. Er trage fremdartige Kleidung, schwarz wie das Gewand eines mullahs. Die Frau sei jung und groß und habe merkwürdiges Haar: ein wenig heller rot als Henna.
Rob blickte ihn entsetzt an. "Wie krank wirkte der Europäer?"
Boudi lächelte freundlich. "Ich weiß es nicht, Herr. Krank."
"Hatten sie Diener?"
"Ich habe niemanden gesehen, der ihnen behilflich war."
Zweifellos waren die Diener davongelaufen, dachte Rob. "Haben sie über genügend Nahrungsmittel verfügt?"
"Ich selbst habe der Frau einen Korb Hülsenfrüchte und drei Laib Brot gegeben, Herr."
Rob schaute Boudi so durchdringend an, dass dieser Angst bekam.
"Warum hast du ihnen die Lebensmittel gegeben?"
Der Kamelhändler zuckte mit den Achseln. Er drehte sich um, stöberte in einem Sack und zog mit dem Griff voran ein Messer heraus. Man konnte auf jedem persischen Markt schönere finden, aber dieser Dolch war der endgültige Beweis, denn als Rob ihn zum letzten Mal gesehen hatte, hing er am Gürtel von James Geikie Cullen.
Wenn er sich Karim und Mirdin anvertraute, würden sie darauf bestehen, ihn zu begleiten. Er aber wollte allein reiten. Er hinterließ bei Jusuf-al-Gamal eine Nachricht. "Richtet ihnen aus, dass ich in einer persönlichen Angelegenheit abberufen wurde und ihnen bei meiner Rückkehr alles erklären werde", trug er dem Bibliothekar auf. Nur Jalal weihte er in seine Pläne ein.
"Ihr reitet für einige Zeit fort? Aber warum?"
"Es ist wichtig. Es handelt sich um eine Frau..."
"Selbstverständlich", murmelte Jalal. Der Knocheneinrichter war verärgert, bis er überlegte, dass es ja genügend Studenten gab, die ihm in der Klinik helfen konnten. Dann erst nickte er.
Rob brach am nächsten Morgen auf. Es war eine lange Reise, und er wollte unangebrachte Hast vermeiden, doch er hielt den braunen Wallach in Trab, denn er musste unaufhörlich an Mary denken, die sich allein mit ihrem kranken Vater in einer wilden, fremden Welt befand.
Mi traducción:
Cinco viajes de jornada hacia el oeste
Llegó una gran caravana de Anatolia y un controlador joven vino al maristan con una cesta de higos secos para el judío llamado Jesse. El controlador se llamaba Sadi, el hijo mayor de Debbid Hafiz, el kelonter de Schiras, y los higos eran un regalo por el amor y la gratitud del padre por la lucha contra la peste.
Sadi y Rob estaban sentados juntos, bebían infusiones y comían los higos saborosos que eran grandes, pulposos y llenos de cristales de azúcar. Ahora Sadi quería hacer avanzar los camellos hacia el sur, hasta Schiras y el sanador-Dhimmi le buscó para darle como regalo para su honrado padre Debbid Hafiz vinos de Isfahan.
Las caravanas eran las únicas fuentes para noticias de regiones lejanas y Rob preguntó al joven con mucho detalle. No había habido señales de una epidema. Una vez se habían visto selchucos en la parte montañosa de Media, pero solo había sido un grupo pequeño y no habían atacado a la caravana, gracias a Allah. En Hamadhan no quedaba nada de la peste, pero un extranjero cristiano había introducido una fiebre europea, por lo cual los mullahs impedieron a la población el contacto con esos diablos infieles.
– ¿Qué señales hay para esa enfermedad?
Sadi Ibn Debbid vacilaba. Solo sabía que nadie excepto la hija del cristiano arriesgaba estar en su presencia.
– ¿El cristiano tiene una hija?
Sadi no podía describir ni al hombre enfermo ni a la hija, pero sí decía que el camellero Boudi que pertenecía a la caravana había visto a los dos.
Ambos iban a ver al camellero, un hombre arrugado con ojos listos, que comía nueces de areca de modo que sus dientes ennegrecían y escupía saliva roja.
No se acordaba de los cristianos, lamentó Boudi, pero la moneda que Rob le dio, le ayudó a recordarse y entonces Boudi dijo que los había visto cinco viajes de una jornada hacia el oeste y luego medio viaje de jornada más allá de Datur. El padre tenía mediana edad, tenía el pelo largo y gris y no tenía barba. Llevaba ropa extraña, negra como la vestimenta de un mullah. La mujer era joven y alta y tenía el pelo raro: un poco más claro que alheña.
Rob lo miró con espanto. – ¿El europeo tenía un aspecto muy enfermo?
Boudi le sonreía amablemente. – No lo sé, señor. Enfermo.
– ¿Tenían sirvientes?
– Nunca vi a alguien que les estaba ayudando.
Sin duda los sirvientes escaparon, pensaba Rob. – ¿Tenían alimentos suficientes?
– Yo mismo le di a la mujer una cesta de legumbres y tres panes, señor.
Rob le miró a Boudi tan intensamente que Boudi empezó a tener miedo. – ¿Por qué les diste alimentos?
El camellero se encogió de hombros. Se giró, buscaba algo en su saco y cogió a un cuchillo por el mango. Se podían encontrar cuchillos más bonitos en cada mercado persa, pero ese era la muestra definitiva porque la última vez que Rob lo vio fue en el cinturón de James Geikie Cullen.
Si se lo dijera a Karim y Mirdin, los dos querrían ir con él. Sin embargo, él quería cabalgar solo. Dejó una noticia con Yusuf-al-Gamal.– Diles que he tenido que irme por asuntos personales y que les explicaré al volver.– Le dijo al bibliotecario. Solo a Jalal le contó sus planes.
– ¿Usted se va por un tiempo? ¿Pero por qué?
– Es importante. Se trata de una mujer …
– Por supuesto.– murmuraba Jalal. El arreglador de huesos estaba enojado hasta que pensó que existían estudiantes suficientes para ayudarle en la clínica. Entonces asintió con la cabeza.
Rob se fue la mañana siguiente. Fue un viaje largo y quería evitar prisa inoportuna, pero mantenía a su caballo moreno al trote porque tenía que pensar todo el momento en Mary, que se encontraba sola con su padre enfermo en un mundo salvaje y extranjero.

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