Donnerstag, 23. Februar 2017

¿Quién no conoce la historia de Robinsón Crusoe?

Esta historia, basada en un caso real, se ha repetido en numerosas ocasiones a lo largo de la historia, pero con lo que no contabas es que te iba a pasar a ti. Cuando contrataste un viaje de aventura con un pequeño grupo por las islas de la Polinesia Francesa, no pensabas que iba a convertirse en una aventura por la supervivencia. Volaste de París a México D.F., de ahí seguiste a Guadalajara y por último a Tahití. Estaban previstas diferentes excursiones en barco por las islas de la Sociedad, a la que pertenece Tahití, y en una de esas excursiones pasó la desgracia. Os sorprendió una tormenta y el viento os llevó en una dirección desconocida hacia el este. El barco estaba en tan mal estado que se podía hundir en cualquier momento. Dos días más tarde llegasteis a una isla muy pequeña, completamente desconocida. No hizo falta mucho tiempo para descubrir que la isla estaba desierta y el barco inservible. Aquí empezaron tus auténticas vacaciones de aventura...

Aquí empezaron mis auténticas vacaciones de aventura. Allí estábamos, en medio del mar, sin civilización y sin posibilidad de llamar a alguien quien nos pudiera ayudar. Enseguida estuve a la mira de unas tortugas gigantes y cuando las vi, heróicamente, subí encima de ellas. Me llevaron a la isla más cercana y avisé a la vigilancia de costas. Bueno ...  la verdad es que no fue así. Las primeras horas, las 5 personas de mi grupo y yo no hicimos más que llorar y lamentar lo que nos había pasado. Al principio solo se escuchaban frases como "¿Por qué me ha pasado a mí?", "¿Qué hacemos ahora?", "Nunca volveré a ver a mi familia" y otras frases todavía más valientes e intrépidas. Pero tras un largo tiempo de autocompasión poco a poco empezábamos a sentir el hambre. Entonces decidimos examinar nuestras mochilas para ver lo que no había sido destruido por el agua. John, el chico americano, encontró una chocolatina y se la comió enseguida. Marina, una joven española de 21 años, se bebió una botella entera de coca cola. Y  así los seis comíamos lo que encontramos hasta que David tomó la palabra y dijo: "esperad, no sabemos cuánto tiempo estaremos aquí. Si ahora comemos todo lo que tenemos, enseguida nos quedamos sin comida y bebida."

David tenía razón. Si fuera una película, nosotros seríamos los imbéciles que solo lamentan su situación y se mueren enseguida. Pero queríamos ser los héroes de la peli, queríamos poder contar nuestras aventuras y leer artículos y documentales sobre nuestra valentía. Fue en ese momento que vi a un pájaro gigante y le cogí por las patas. Me llevó a la isla más cercana y avisé a la vigilancia de costas. Bueno ... la verdad es que tampoco fue así. Sin embargo, ya no lamentábamos nuestra situación, sino intentábamos buscar una solución. Todavía era de día, pero pronto empezaría a oscurecer y necesitábamos un campamento. Elaboramos un plan. Como no sabíamos quién o qué vivía en esa isla, trabajábamos siempre en parejas para poder asegurar nuestra protección. David y John buscaron leña para un fuego y madera para construir un campamento. Los hermanos franceses Louise y Noah se encargaron de buscar hojas de palmeras para el techo. Y Marina y yo empezamos a buscar comida. Colocamos en fila lo que nos quedaba de comer de nuestras provisiones. No era mucho. Por suerte encontramos un arbusto con bayas y un platanero con plátanos maduros. Luego hicimos un fuego con la leña de los chicos y unas cerillas que, por suerte, había llevado conmigo a la expedición. Desde entonces cuidábamos al fuego para que no se apagara nunca. Con la madera y las hojas de palmeras construimos una especie de tienda para la noche. Cuando ya empezaba a oscurecer, cazamos dos peces con un palo agudo y los asamos sobre el fuego. No era una comida de tres estrellas Michelin, pero por los peces, los plátanos y las bayas por lo menos ya no teníamos hambre. Así se acabó nuestro primer día en la isla. Durante la noche, siempre se quedaban dos de nosotros despiertos para la vigilancia de animales salvajes y especialmente del fuego, que era nuestra garantía de calentura, preparación de comida y señal de S.O.S. para barcos y aviones.
El día siguiente nos despertamos todos esperando que todo eso haya sido un sueño, pero lamentablemente no fue así. Todavía estabamos en una isla desconocida y lejos de la civilización. La euforia de sentirse un héroe de película había desaparecido y otra vez se escuchaban los lamentos. Hasta que, de repente, Marina gritó: "¡Barco! ¡Barcooooooooo!" Y el resto primero la miró a ella y luego al horizonte. Allí vimos algo que definitivamente debía ser un barco. Los seis empezamos a gritar y saltar como locos. Por un momento parecía habernos visto porque se giró hacia nosotros. Pero no fue así. Se dio la vuelta y se fue sin habernos salvado. El estado de ánimo cayó de la esperanza eufórica a la desesperación. Allí se iba nuestra salvación y esperanza tomando rumbo a algún puerto inalcanzable para nosotros.

Pero algo bueno sacamos de eso. Existían barcos en esa zona. No estábamos tan lejos de la civilización como habíamos temido. Para la próxima vez queríamos estar preparados. Julien tenía la idea de construir una señal como la de Madagascar. No fue tan fácil como en la película, pero al final logramos edificar algo que se parecía a un "HELP". Buscamos más leña para poder engrandecer la hoguera en poco tiempo para ser más visible para los barcos. Y con cocos, hojas de plátano y nueces fabricamos instrumentos ruidosos para poder llamar la atención de un barco lejano. Con eso nos sentíamos más seguros de poder ser encontrados la próxima vez y otra vez se divulgaba esperanza. El problema era que no sabíamos cuando volveríamos a ver un barco y queríamos hacer lo mejor de este tiempo. Durante los próximos días, los seis construíamos más elementos de nuestro campamento. Por suerte teníamos tres cuchillos para construir y defendernos. John y yo habíamos sido scouts y sabíamos como construir un trípode para poder cocinar sobre el fuego y también para construír un sitio donde podíamos comer. Para eso hicimos dos tripodes y fijamos los troncos de árboles pequeños entre ellos. Encima de esos dos troncos pusimos ramas a un ángulo recto construyendo así una mesa.

Fue 22 días después de nuestro accidente cuando por la tarde vimos aparecer un barco en el horizonte. Pusimos más leña en el fuego e hicimos ruido con nuestros instrumentos. Pero no parecía acercarse. En desesperación encendimos nuestra señal de S.O.S. Cuando ya casi había desaparecido ya no podíamos hacer ruido con nuestros instrumentos. Las lágrimas ya empezaban a correr por nuestras mejillas cuando, de repente, el barco se giró y se acercó. Entonces todo pasó muy rápidamente. Fue un cúter pesquero y habían pasado por esa isla varias veces. Sabían que no estaba populada y por eso les había sorprendido ver fuego por allí. Nos salvaron y pudimos volver a ver a nuestras familias y amigos. De verdad escribieron artículos sobre nosotros y las amistades hechas en la isla eran para la vida.

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